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A tu salud y a la mía


Por: Carolina Soto Salazar, médica de la Pontificia Universidad Javeriana

Twitter: @c_ssalazar

 

Palabras claves: perspectiva de género, derechos humanos, salud intercultural, interseccional, interdisciplinaria, transdisciplinaria

Cada persona tiene una experiencia propia con respecto a la salud, a la suya y a la de las otras personas. Cada cual tiene una versión propia sobre lo que significa el bienestar humano y de qué depende poder llegar a ese estado. Si bien la salud se define por la Organización Mundial de la Salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades, durante los últimos años ha recobrado importancia que, además, la salud tenga un enfoque comunitario. Esto implica que la salud individual depende de que los demás estén bien, de que el entorno sea apropiado, de que haya una construcción social en torno al bienestar. Somos seres sociales, interdependientes y diversos y esas características interactúan además con los múltiples factores externos que intervienen en todos los procesos humanos y que determinan nuestra experiencia vital. 

 

Es cierto que durante los últimos años se ha hablado cada vez más de lo esencial de que la salud tenga una perspectiva de género, que incluya un enfoque de derechos humanos, que sea intercultural, interseccional, interdisciplinaria o, mejor aún, transdisciplinaria. Pero ¿qué significa esto?, ¿quién lo hace y cómo?

No hay una receta mágica. No existe una única forma de llegar a esa construcción. De hecho, en mi experiencia, que es claramente insuficiente, conozco muchas formas de abordar la salud que tienen beneficios pero que son diversas. Rescataría que son modelos que se adaptan a las comunidades en las que están insertos. Y de ahí viene la importancia de hablar de salud con enfoque comunitario. La salud comunitaria la ha definido la OMS como “La expresión colectiva de la salud de una comunidad definida, que tiene en cuenta la interacción entre las características de las personas, las familias, el medio social, cultural y ambiental, así como por los servicios de salud y la influencia de factores sociales, políticos y globales”, lo que resulta en tantas formas de vivir saludablemente como comunidades hay en el mundo. Es la vivencia de cada persona, y su relación con aquello que le rodea, lo que determina si podrá gozar de una buena salud.

Dentro de estas comunidades, no todas están en igualdad de condiciones, no todas tienen acceso a los mismos recursos y, lamentablemente, no a todas se les respetan los derechos humanos. Los seres humanos estamos insertos en sistemas de poder que han promovido la inequidad y que han hecho vulnerables a muchas poblaciones. Esto no se puede ignorar al hablar de salud; de hecho, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos se resalta. Todas las personas nacemos libres, pero no todas pueden ejercer sus derechos con libertad. Dentro de estos grupos históricamente vulnerables se encuentran las mujeres, personas de las disidencias sexuales, personas con discapacidad, niños, niñas y adolescentes, personas pertenecientes a los pueblos originarios, afrodescendientes, y muchas otras más. Por esto, los derechos humanos tienen como uno de sus pilares el principio de igualdad y no discriminación, basado en que todas las políticas públicas y ordenamientos de los estados que forman parte (sí, tristemente hay algunos países como China que no suscribieron esta declaración) deben estar regidos por el deseo de que todas las personas en su territorio puedan gozar del ejercicio pleno de sus derechos. Sin embargo, esto no es posible si no se tienen en cuenta las características propias de cada población, sus valores culturales, su cosmovisión, su forma de ver la vida. Y todas estas dimensiones son parte de la vida de una persona y, además, impactan su salud física y mental.

Por esto no basta con abordar la salud como un tema individual, ignorando los múltiples factores que intervienen en ese estado,; pero tampoco se trata de que la experiencia global supere la personal. Así, la única forma posible, desde mi punto de vista actual, es aportar en conjunto para descubrir el equilibrio humano y construir en conjunto las experiencias vitales que definirán si una persona es sana o no. Esto implica que los espacios científicos, académicos y profesionales puedan abrir su mirada y diversificarla, además de incluir personas dispuestas a no tener la razón, a validar la evidencia no científica y a renunciar al privilegio social que se les ha otorgado de definir desde afuera qué está bien y qué no, qué es “normal” y qué no. Es tan amplia la salud que no se puede seguir abordando desde una sola arista, porque esto no resulta eficiente y aleja a quienes no sienten que los espacios medicalizados son seguros.

Si algo he aprendido estos últimos años es que las personas, desde siempre, autogestionamos nuestra salud. De una manera u otra, a veces mejor o peor, tomamos decisiones con el objetivo de estar sanos o sentirnos bien. Y si tenemos una duda y no la encontramos en un profesional, vamos a buscar la respuesta en otro lugar hasta que hallemos una que tenga sentido para nosotros. Y puede que en ese transcurso nuestra vitalidad disminuya y nos expongamos al sufrimiento, o que nos recuperemos y entonces la transmitamos a otras personas. No quiero con esto cargar la balanza hacia ningún lado, sino dejar expuesto que es necesario tener en cuenta las múltiples perspectivas sobre la situación para intentar, de la mejor manera, resolver lo que nos aqueja o promover lo que nos hace bien. Esa gestión de la salud se hace generalmente en compañía de alguien más, que nos apoya y nos escucha, que se preocupa, que nos educa. Por lo tanto, no hay forma de separar la salud de la educación, de los derechos, del territorio, de la espiritualidad, de las creencias, de la historia familiar. Es un todo y, como tal, debemos ser humildes en nuestra humanidad y aceptar que la única manera de promover una salud responsable empieza por comprender que todas las personas formamos parte, merecemos ser escuchadas y que, si bien podemos equivocarnos, siempre tenemos algo que aportar y también puede impactar directa y positivamente en la vida de otro. Por esto, quienes dedicamos nuestra vida a las profesiones relacionadas directamente con la salud, tenemos también la inmensa responsabilidad de ser canales de comunicación coherentes, abiertos, diversos, éticos y humanos. No siempre tenemos la razón, no todo está escrito y todo lo que sabemos lo hemos aprendido de otros.

Es mi deseo que este espacio virtual sea lo más diverso y amplio posible, que ojalá todas las personas expresen lo que quieran decir porque es por medio de la conversación, de disentir y coincidir, que se puede construir. Para Salud Responsable, toda mi disposición de aprendizaje y enseñanza y mis mejores deseos para el camino por venir.

 

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